El
artista realiza un recorrido interno para plasmar en la tela, en la hoja en
blanco o en el material en bruto una producción, una obra que podemos leer como
un significante bañado de múltiples sentidos. El espectador, quien mira, será
quien pueda develar también a partir de un recorrido un sentido para él.
Se
produce así un encuentro de elementos interactuando: el autor, el espectador,
la obra y un objeto que esa obra plasma. Todos interrelacionado. Hay un autor
además -el artista- que plasma en ese acto un deseo de hacer ver y por el lado
del espectador un deseo de mirar, de develar qué hay para ver en esa obra.
En
esta experiencia emocional que es el arte, hay un recorrido que ambos protagonistas
tienen que transitar desde un punto de vacío, desde la nada en la que el objeto
podría ser prescindible. En tanto menos vemos ese objeto, menos a la vista
está, más hay para ver. Mientras más despojados estemos y lo esté la obra de
arte, la creación artística, más podremos ver en profundidad esa nada dispuesta
a mostrarse. No importa la masa sino el hueco, no importa en un punto el objeto
visible, sino develar la incógnita detrás del velo, descifrar el enigma que
porta toda obra de arte.
En
este sentido me parece importante rescatar esta posición del arte: muestra,
llama a mirar, invoca a hacerse cargo de eso que uno como espectador está
dispuesto a develar. Correr el velo tiene sus riesgos: nos implica, aunque no
querramos ver. Esta es la esperanza que lleva implícita el arte como
construcción: nos saca del aletargamiento, nos cuenta de aquello que no
queremos saber, nos amortigua en parte, del profundo desasosiego de ser Sujetos
en el tiempo.
La
producción artística, cualquiera sea, nos saca del desgarramiento inicial,
estructural, de la nada, del vacío, para -como el Ave Fénix- volver a surgir.
Vaciar para crear. La nada creadora, productora de sentido. Es el artista el
que en su recorrido desnudará al objeto, reducirá los elementos a la mínima
expresión, se desprenderá del aspecto material del objeto para así dejar
entrever la nada detrás de la que se encubre todo.
Pensemos
en obras como “La Rueda” de Duchamp; o “Cuadro negro sobre fondo blanco” de
Malevich, en el que por medio de la abstracción geométrica se sumerge en la
búsqueda de la nada para lograr la supremacía del sentimiento puro; liberar al
arte del mundo de los objetos. Pensemos en algunas obras de Klee, en autores
como Kandinsky, Gertz, Ulman y tantos otros de distintas ramas del arte que han
marcado con sus obras lo importancia de mostrar la ausencia, portadora de una
contundente presencia.
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