¿Pero por qué si un deseo es lo que más nos concierne, sería
rechazado o no admitido? Justamente porque el deseo no se lleva bien con la
comodidad. El deseo raramente encaja con lo previo, por eso consentir a él
implica muchas veces una reestructuración de nuestra cotidianidad. El deseo es
entonces un acontecimiento en nuestras vidas que marca un antes y un después,
ya no se es el mismo nunca más, tanto si se dice que sí como si se dice que no.
En el ámbito de los analistas suele escucharse a menudo una
confusión: en nombre de "lo que no hay", se retrocede frente al
deseo. Como los analistas sabemos por haberlo leído a Lacan que no existe
armonía gloriosa entre los sexos, entonces aparece en muchas ocasiones una
suerte de resignación que nada tiene que ver con la no relación sexual de la
que habla Lacan. Porque admitir de la buena manera lo imposible sólo puede
hacernos abiertos a la contingencia.
La subjetivación de lo imposible, o de lo que no hay, no es
un saber académico. Es una de las experiencias fundamentales de un análisis que
consiste en admitir que no hay, pero para nadie. A esto lo llamo estar en paz
con lo imposible, ya no hay sufrimiento inútil ni resignaciones neuróticas,
porque nos podemos habilitar para disponernos a las contingencias que asoman
todo el tiempo en nuestras vidas. Abrirle la puerta a veces requiere de audacia
y valentía, pero es lo que hace que la vida merezca ser vivida. Un modo que
encuentro para decir qué sería la felicidad.
Fragmento/Por Carolina Rovere*/Pagina 12 de Hoy
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